Oliver Twist — Charles Dickens

31.01.2026


Cuando Charles Dickens publicó Oliver Twist, Inglaterra estaba cambiando rápidamente. Las fábricas crecían, las ciudades se llenaban de humo y gente pobre, y Londres se convertía en una de las urbes más grandes del mundo. Pero ese progreso no significaba bienestar para todos. En los barrios bajos, miles de familias sobrevivían hacinadas, sin comida suficiente ni trabajo digno. Los niños, en lugar de ir a la escuela, trabajaban largas horas en fábricas, minas o talleres por salarios miserables. La infancia, como etapa protegida, prácticamente no existía para los pobres.

Para quienes no tenían hogar o recursos, el Estado ofrecía asilos y hospicios, pero eran lugares crueles. Allí se creía que si la vida era dura, los pobres se "esforzarían más". Por eso se les daba poca comida, se les obligaba a trabajar desde muy pequeños y se les trataba como si fueran delincuentes en potencia. Además, las leyes de pobres de 1834 castigaban indirectamente la pobreza: pedir ayuda significaba perder la libertad y vivir en instituciones casi como prisiones.

Dickens no imaginó esto desde lejos. Él mismo, siendo niño, tuvo que trabajar en una fábrica cuando su padre fue encarcelado por deudas. Conoció el hambre, la humillación y el miedo. Por eso su novela no suena fría ni exagerada: está cargada de experiencias reales.

En ese mundo nace Oliver Twist, en un hospicio, sin padres y sin protección. Desde pequeño crece en una institución donde el hambre es constante. Los niños reciben porciones mínimas de comida, casi como castigo por existir. Se les obliga a trabajar y se les habla como si ya fueran criminales. Cuando Oliver, desesperado, se atreve a pedir un poco más de comida, el gesto es visto como una rebelión imperdonable. En vez de compasión, recibe castigos y rechazo. Dickens usa esta escena para mostrar lo absurdo y cruel del sistema: un niño hambriento tratado como un delincuente por pedir alimento.

La famosa escena: Oliver pide más comida — y es castigado severamente.

Huyendo de ese infierno, Oliver llega a Londres, donde se encuentra con otra cara de la miseria: el crimen organizado que utiliza niños. Allí conoce a Fagin, un hombre que dirige una banda de pequeños ladrones. También al carismático Artful Dodger, un chico ingenioso que roba con gracia, pero que en el fondo es víctima del abandono. Estos niños no roban por maldad, sino porque es la única forma de sobrevivir. Dickens deja claro que la sociedad primero los abandona y luego los castiga por las consecuencias de ese abandono.

Por suerte, Oliver también encuentra bondad. Es acogido por el señor Brownlow, un hombre amable que representa la figura paterna que nunca tuvo, y por Rose Maylie, símbolo de ternura y esperanza. A través de ellos, Dickens muestra que una sociedad más humana y justa es posible, que no todos están condenados a la crueldad.

Uno de los momentos más trágicos es el de Nancy, una joven del mundo criminal que, a pesar de su entorno, conserva una fuerte conciencia moral. Ella intenta salvar a Oliver, arriesgando su vida para que no caiga definitivamente en manos de delincuentes. Su acto de valentía le cuesta la vida, asesinada brutalmente por Bill Sikes. Para los lectores victorianos fue una escena impactante: una mujer pobre y marginal mostrada como profundamente humana y buena.

Más adelante se revela que Oliver no nació en la miseria por naturaleza. En realidad, provenía de una familia respetable y fue despojado de su herencia. Con esto, Dickens desmonta una idea muy común de la época: que los pobres lo eran por maldad o inferioridad moral. Al contrario, muestra que es el entorno cruel el que empuja a muchos hacia la delincuencia.

A lo largo de la novela se repiten grandes temas: la infancia como víctima de un sistema injusto, la criminalización de la pobreza, la lucha entre el bien y el mal sin relación con la clase social, y la hipocresía de instituciones que decían ayudar pero en realidad castigaban.

Aunque Oliver Twist no cambió las leyes de un día para otro, sí sacudió la conciencia pública. La gente empezó a hablar de los abusos en los orfanatos y workhouses. Con el tiempo, se impulsaron inspecciones estatales, mejoras en las condiciones de los niños pobres, leyes que limitaron el trabajo infantil y reformas educativas que hicieron la escuela obligatoria. Dickens logró algo poderoso: hizo visible un sufrimiento que muchos preferían ignorar.

La historia también dejó una enorme huella cultural. El musical Oliver!, estrenado en 1960, fue un éxito mundial, ganó premios Tony y su versión cinematográfica obtuvo el Oscar a Mejor Película en 1968, con canciones inolvidables como Food, Glorious Food. La novela ha sido adaptada más de veinte veces al cine y la televisión, e incluso Disney creó una versión animada con perros, Oliver & Company.



Además, fue una de las primeras obras inglesas en mostrar a niños delincuentes como personas reales, con emociones y tragedias, no como caricaturas malvadas. Y el personaje de Nancy fue revolucionario: una mujer pobre y del bajo mundo presentada con dignidad moral, algo muy audaz para la época victoriana.

Por todo esto, Oliver Twist sigue siendo actual. Aún hoy existen niños viviendo en pobreza extrema, sistemas que castigan en lugar de proteger y sociedades que culpan a los más vulnerables por su situación.

En resumen, la novela no fue solo una historia conmovedora: fue una denuncia social que transformó la forma en que la gente veía a los niños pobres y ayudó a impulsar cambios reales. Dejó huella en la literatura, despertó conciencia social y contribuyó, poco a poco, a reformas que protegieron a la infancia.


Oliver Twist no solo fue una novela — fue una denuncia social que ayudó a cambiar cómo la sociedad veía a los niños pobres.Dickens desmonta una idea muy común de la época: que los pobres lo eran por maldad o inferioridad moral. Al contrario, muestra que es el entorno cruel el que empuja a muchos hacia la delincuencia.